Voces en el olvido – María Ibáñez

El tiempo parece no existir en el Sáhara. Los refugiados esperan que el mundo les oiga, que les ayude a salir de esa realidad que los mantiene olvidados.

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Faltan unas horas para que amanezca en el campamento de Ber Lehlu. El autobús  huele a polvo. Said sigue roncando. En el primer asiento, Dahba e Isoha se pelean por los últimos caramelos que guardan en sus bolsillos. Mientras, miro por la ventana. Sin luz, sin coches, sin ruidos… lo único que pueden ver mis ojos es la blanca silueta de las dunas iluminadas por la luz de la luna llena. ¡Cómo las echaba de menos! Las vacaciones ya se han acabado, dentro de unos días otra vez al cole.

Por fin hemos llegado y en la puerta Breik me espera con los brazos abiertos. Creo que está llorando, aunque no puedo ver bien su cara. La melfa le cubre el  rostro. Qué distintas son las llegadas. Cuando llegué a España era yo el que lloraba. No entendía nada de lo que me decían y echaba de menos a mis padres y la vida en los campamentos. Pero sólo duró unos días. Enseguida hice muchos amigos y Mila, Juan y Pablo no dejaban que me aburriese ni un momento. En estos meses, el tiempo ha pasado muy deprisa. Les echaré de menos, pero por lo menos traigo en la mochila las fotografías para enseñárselas a Mohammed y a Breik. La verdad es que salgo bastante guapo. Me encantan los abrazos de mi madre. Las cosas no han cambiado mucho en  mi ausencia. Mi padre está preparando el té, levanta su mirada y en su rostro se dibuja una sonrisa de bienvenida.

Brahim es un niño saharaui de ocho años. Este es el primer verano lejos de su dayra. Como él, cerca de 10.000 niños llegan a España todos los meses de julio y agosto para librarse de los más de cincuenta grados a la sombra que hay en la hamada argelina, lugar donde se ubican los campos de refugiados saharauis. La mayoría de estos niños no entiende el idioma cuando llegan a los aeropuertos españoles y casi todo les sorprende. “Lo que más le gustó fueron los grifos de los que sale agua. Los primeros días los abría y cerraba cada vez que pasaba por delante de uno” explica Mila, la madre de acogida de Brahim.

Vacaciones en Paz”, nombre que recibe el proyecto de acogida de las Asociaciones de Amigos del pueblo Saharaui, lleva más de 20 años permitiendo que se reduzca la distancia que separa las calles y los parques españoles de las haimas y el sol de la hamada argelina. Los más pequeños de los campamentos tienen la oportunidad de vivir una experiencia nueva durante los meses de verano. Acogidos en hogares de familias españolas, aprenden un idioma, hacen nuevos amigos y descubren cosas que no tienen en los campamentos. “Para ellos España es como un parque de atracciones” comenta Juan padre de acogida de Brahim. Países como Italia, Francia, Austria, Alemania, Estados Unidos y Argelia tienen programas de acogida similares al español.

“Este viaje es un premio que reciben los niños por un curso escolar bien llevado”, explica José Taboada, presidente de la Coordinadora Estatal de Asociaciones Solidarias con el Sáhara. Es el gobierno saharaui quien confecciona las listas de los niños que viajarán en el verano y lo hace en función de la edad, de ocho a doce años, y de las notas de la escuela. Durante su estancia, además de actividades deportivas y la convivencia con las familias, se les realizan controles médicos: revisiones con el pediatra, el dentista, el oftalmólogo… Algunos niños saharauis se quedan ingresados o con su familia de acogida más tiempo debido a su delicado estado de salud. La mayoría de estos niños llegan con problemas de crecimiento debido a una alimentación inadecuada. La comida y el agua escasean en los campamentos, y las condiciones climáticas extremas, impiden una producción agrícola que cubra las necesidades de la población. Aunque sólo sean unos meses, el estado de salud de los niños mejora notablemente.

Y es que, la situación que viven en los campos de refugiados es muy dura. Desde hace tres décadas, más de 200.000 saharauis sobreviven en la hamada de Tindouf, situada al oeste de Argelia y muy cerca de las fronteras con Marruecos, Mauritania y los territorios ocupados del Sáhara Occidental. Paisaje inhóspito donde los haya, las temperaturas alcanzan los 50º C en verano y los 3ºC en invierno. Es aquí, donde los refugiados han tenido que levantar sus campamentos y organizar un “Estado” en el exilio, a la espera de que se solucione un conflicto que dura ya 38 años. Los ex patriados viven en cuatro reductos construidos en la Hamada, que son el equivalente en el destierro de las cuatro provincias originales del territorio saharaui actualmente ocupado. Sus nombres son Smara, Ausser, Dajla y el Aaiún, que corresponden a los verdaderos nombres de las provincias. Estas huilayas se organizan a su vez en seis o siete pueblos o dayras, compuestos por cuatro barrios cada uno. (información muro)

La historia del Sáhara ha sido siempre la historia de un pueblo nómada, obligado a trasladarse constantemente en busca de recursos para sobrevivir en una de las zonas más áridas del planeta. La sociedad saharaui, sociedad tribal asentada en los territorios del Sáhara Occidental, fue colonia española entre 1884 y 1975, fecha en la cual Marruecos y Mauritania la invadieron. El 6 de noviembre de 1975, Hassan II, rey alauí, organizó una marcha de 350.000 civiles y 25.000 soldados marroquíes, a través del desierto, con la intención de tomar posesión del Sáhara Occidental. La denominada “Marcha Verde”, se convirtió en una medida de presión nacional e internacional sobre España así como en una estrategia militar para invadir el territorio. Aunque en un primer momento España apostó por la independencia del pueblo saharaui y su autodeterminación, sucumbió ante las presiones políticas y económicas ejercidas por Marruecos y Mauritania. “Marruecos invadió el Sáhara Occidental en 1975 violando las resoluciones de las Naciones Unidas, y desde entonces practica una violación sistemática de los Derechos Humanos en los territorios ocupados mientras explota los recursos naturales de ese territorio”, argumenta Mohamed Abdelaziz, presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y Secretario general del Frente Polisario, movimiento político y militar rebelde que se creó con el fin de lograr la independencia de su pueblo en 1973. La Marcha Verde supuso el inicio de un éxodo que a día de hoy se mantiene. Son ya 30 años de exilio y ocupación de sus territorios, casi 20 años de guerra entre el Frente Polisario y el gobierno marroquí y otros 17 años a la espera de la resolución del conflicto y convocatoria del referéndum de autodeterminación proclamado por Naciones Unidas en 1991.

Una espera interminable. La vida en el Sáhara Occidental es un viaje en el tiempo a una época que nada tiene que ver con los sugerentes cuentos de Las mil y una noches.

Los saharauis son los refugiados más viejos del mundo. El éxodo a esta tierra fue difícil, pero el pueblo saharaui ha logrado sobrevivir en el desierto dotando a los  campamentos de pequeños talleres, huertos, precarios hospitales y escuelas. La colonización les dejó como legado una tasa de analfabetismo entorno al 96%. A pesar de ello, el índice de escolarización en los campamentos es del 100% y se trata de una de las poblaciones con mayor número de licenciados gracias a los convenios de educación con países como Cuba, Mauritania o Argelia. Parten a estos países con apenas catorce o quince años y tras ocho o diez años de estudios regresan a los campamentos de refugiados. Uno de los problemas que más preocupan a la juventud saharaui es la escasez de empleo. Hay miles de jóvenes con estudios superiores que no tienen trabajo ni esperanza para un futuro. Dah estudió en Cuba durante doce años y allí se licenció como ingeniero químico. Al regresar a los campamentos de Tindouf  comenzó a trabajar en el laboratorio del hospital de Rabuni. “Allí sólo hacía Ibuprofeno. No estudié para eso” recuerda con rabia. Pasado un año decidió dedicarse al pastoreo de camellos, pero pronto regresó con su familia. “Aquí no hay nada que hacer. Sólo pueden trabajar los médicos y los maestros. Ver cómo los días pasan con los brazos cruzados es desesperanzador.”

La vida social de este pueblo gira en torno a una tetera y un brasero. Yarbah sonríe mientras juega con las fotos que se trajo de España. En la primera aparece en una piscina junto a Miguel, el hijo mayor de su familia española. Pequeñas anécdotas surgen de cada imagen y las recuerda emocionado con una sonrisa en la cara. En otra foto aparece jugando a fútbol con otros niños. Este moreno y delgaducho deportista asegura que es el mejor de sus amigos en el campo y que de mayor quiere jugar en el Madrid. Su padre sonríe ante este comentario al tiempo que sirve el primer té, amargo como la vida. Cuando se acerca la hora de marchar les duele dejar los nuevos amigos, la nueva familia y “sobre todo la Play y la piscina” asegura. El segundo té, dulce como el amor, ya está sobre la tabla. Aún así, son dos meses lejos de casa y todos quieren volver porque echan de menos “a sus padres y amigos, los camellos y jugar en la arena con las cabras” explica Unleila, prima de Yarbah que va a pasar su segundo verano con una familia de Almería. A ella, el té que más le gusta es el tercero, suave como la muerte. El té abre y cierra el día. Yarbah guarda su pequeño baúl de los recuerdos y sale de la haima con el balón en las manos.

La comunidad que acoge a un mayor número de niños saharauis es Andalucía. Le siguen Castilla la Mancha, Cataluña, Galicia, Castilla y León, Valencia y Extremadura. Las familias candidatas reciben información sobre la realidad de la vida en los campamentos y la situación de los niños y la selección se comunica tras dos entrevistas realizadas por las asociaciones de cada provincia. Es habitual que los niños repitan con la familia que los acogió el año anterior, por lo que los lazos que se crean entre ambas familias son muy fuertes. “Es muy fácil quererla, es muy cariñosa y siempre comparte todo lo que tiene”, explica Javier, padre de dos niñas que este año acoge por primera vez a Fatimetum, una niña de diez años de la wilaya de Smara. Cuando finaliza el verano, todas las familias tienen la sensación de haber aprendido mucho de los niños que han vivido en sus casas durante el verano. “Lo que más sorprende es su capacidad de adaptación” explica Javier. Durante las vacaciones de Navidad y de Semana Santa, las familias españolas viajan a los campamentos y así se refuerzan los lazos de amistad que existen entre los dos pueblos. Estas visitas suponen una novedad dentro de la monotonía de los campamentos. El pueblo saharaui es hospitalario y recibe siempre al visitante como a un familiar. Les ofrecen bebida, comida y cobijo, incluso se quedan sin comer para que sus huéspedes disfruten de las máximas comodidades.

Este proyecto no está exento de la corrupción. Muchas familias de acogida se encuentran con situaciones en las que no llega al aeropuerto de Barajas el niño al que esperaban, sino un adolescente que ya ha pasado más de cinco veranos en alguna ciudad española. Para evitar estos problemas, el Frente Polisario y las asociaciones de Amigos del Pueblo Saharahui han puesto en marcha un mecanismo de identificación por huella digital de los niños que participen en el programa. “Con esta iniciativa pretendemos asegurar que todos los niños tengan la posibilidad de disfrutar de sus merecidas vacaciones” explica Jesús Merino, presidente de la Asociación en Palencia. Su intención es evitar que las familias con más recursos económicos compren plazas para sus hijos por unos 150 euros, cifra que varía en cada caso, a las familias cuyos niños cumplen los requisitos del proyecto pero que están dispuestas a cederla por una pequeña cantidad de dinero que les facilite las condiciones de vida durante unos meses.

Los niños son los grandes perjudicados en cualquier conflicto, y en el Sáhara son los mejores embajadores de su causa gracias al proyecto “Vacaciones en Paz”. En 1991 llegaron los primeros niños a España y desde entonces más de 150.000 niños han cogido un avión hacia una realidad que en nada se parece a su vida.

Países como Estados Unidos, Francia, Reino Unido y España respaldan convertir el Sáhara en una autonomía marroquí, ya que según ellos mantendría la estabilidad en la zona y sería favorable para sus intereses políticos y económicos. Sin embargo, el Frente Polisario con el apoyo de más de 80 países, ve esta propuesta como una solución que sólo beneficiaría al gobierno marroquí, ya que imposibilitaría la independencia de su pueblo.

Aunque políticamente, la situación sigue sin resolverse, esta experiencia que combina solidaridad, tolerancia, amistad, cariño y cultura abre los ojos a otra verdad incómoda que no se muestra en los medios de comunicación. España observa en silencio. Aislados de todo el mundo, viven refugiados y desplazados de su propia tierra, una situación que se prolonga a más de 35 años de espera y que ya no están dispuestos a soportar más.

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