Tras los pasos de Raspall – Miriam Blasco y María Ibáñez

por Miriam Blasco y María Ibáñez

Huele a humo, un pasadizo oscuro y enmoquetado nos da la bienvenida. Al fondo, un uraño anciano saborea un habano desgastado mientras aguarda tras una mampara de vidrio “Són vuit euros” murmura mientras continúa enzarzado en la lectura de una desgarrada novela.  El interior de La Alhambra respira historia. Al igual que su dueño. 

Josep María Miró es conocido por todos los habitantes de La Garriga. Un pequeño pueblo a 40 km de Barcelona famoso por ser cuna del Modernismo veraniego a principios del siglo XX.

Josep María es dueño del Cine Alhambra. Un espacio mágico situado dentro de un edificio modernista, construido en 1913 y cuya única sala proyecta tres funciones en fines de semana. “Hace 37 años que tengo el cine y desde entonces he ido cuidándolo, cambiando según los tiempos, el tipo de películas que les gustaba a la gente…etc pero ahora me dedico a hacer películas más especiales, minoritarias, mucho cine europeo y catalán; y es por eso que me llaman el Verdi del Vallès Oriental”.

Un cine modernista, cuyas películas son anunciadas en la fachada, y en donde los años van pasando, pero aún así, todo sigue igual.

La Garriga

El cine Alhambra es sólo un ejemplo del modernismo de La Garriga. Este pequeño pueblo barcelonés atesora un sinfín de rincones representativos de la arquitectura modernista que bien pudieran hacer sombra a Gaudí. Todos sabemos que el modernismo catalán va inevitablemente de la mano del famoso arquitecto reusense. Su obra en la capital catalana constituye uno de los principales reclamos turísticos, sin embargo, Cataluña no es únicamente Barcelona y el modernismo no se reduce a Gaudí.

La Garriga, una localidad que yace a orillas del río Congost, bajo la sombra del Montseny acoge al viajero que llega hasta ella entre centenarios plataneros que van desde la Plaza del Silencio hasta jardines encantados que desembocan en el bosque del Malhivern (mal invierno en catalán).

Pero hablar de modernismo en La Garriga es hablar principalmente de la obra del arquitecto Manuel Joaquim Raspall i Mayol (1877-1937). Creador e ideador de las residencias de verano de la alta burguesía catalana de principios del siglo pasado; en 1906, Raspall se erige como cabeza representante de un movimiento que ya había adquirido fuerza en la capital.

Médicos, abogados, políticos e incluso artistas, en su mayoría de Barcelona, conformaban una clase social emergente cuyos hábitos por veranear en los mismos lugares hicieron de La Garriga un enclave ideal para pasar sus días de ocio. Vestían principalmente de blanco y constituían colonias, es decir, grupos diferenciados del resto del municipio. Sombrillas, sombreros, abanicos y gafas de sol pasaban a ser el atrezzo característico de estos personajes que al atardecer se reunían en el casino del pueblo. Centro social y punto de encuentro de todos los saraos del momento. Bailes, fiestas, veladas literarias incluso sesiones teatrales tenían cabida en el casino del pueblo.

“El fenómeno del veraneo, para una población como La Garriga, conllevó además un importante despertar económico, puesto que favoreció el comercio, las relaciones directas con Barcelona, el desarrollo de servicios como fondas y balnearios y, sobre todo, supuso un impulso para la nueva construcción y el crecimiento urbanístico”. Comenta Lucía, secretaria del Punto de Información y Turismo de La Garriga.

Fachada de la Casa Domingo Pujadas, La Garriga

Fachada de la Casa Domingo Pujadas, La Garriga

Y es que, la colonia de veraneantes necesitaba de nuevas residencias en las que poder hospedarse y, qué mejor manera que construirlas siguiendo las últimas tendencias arquitectónicas del momento: el Modernismo.

En La Garriga se construyeron majestuosos chalés de estilo modernista arropados por frondosos jardines que hoy día son testimonio de una época pasada y gloriosa. Raspall fue el encargado de ello. Considerado el arquitecto de la segunda generación modernista; centró sus recursos en diseñar y dibujar el paisaje urbano de una localidad con encanto.

Pasear por este pueblo supone descubrir rincones, singularidades y casones de un lugar pensado para vivir y gozar del verano en el Vallès Oriental.

La ruta del modernismo veraniego

Entre las decenas de casas esplendorosas que encontramos en La Garriga, cabe destacar la Casa Mercé Mayol, también conocida como Casa Raspall. Primera obra realizada por este arquitecto, se trataba de la antigua casa familiar datada del siglo XV. En ella, Raspall quiso experimentar y reformar según la corriente modernista típica de la época. Por su importancia histórica y su situación en pleno centro del pueblo, esta casa ubica hoy día la oficina turística de La Garriga, lugar que ofrece un recorrido oficial por treinta edificios modernistas, de los cuales destacamos los cinco más representativos y mejor conservados.
Empezamos nuestro paseo en el Carrer dels Banys número 38, donde se encuentra la mencionada Casa Mercé Mayol. Desde aquí giramos a la calle Figueral en la que a mano derecha nos toparemos con la Casa Barbey, la obra más grande que construyó Raspall y probablemente la más impresionante. Su fachada de tonos blancos y beiges se complementa con el colorido jardín que la rodea. Fue construida en 1910 como residencia vacacional y en la actualidad, sigue siendo propiedad privada que solamente abre sus puertas en verano; transformando su idílico jardín en un escenario de teatro público.
Seguimos nuestro recorrido por la calle Figueral hasta llegar al cruce con el Passeig. Núcleo principal de la ruta modernista. Es aquí donde nos toparemos con la Manzana Raspall, un conjunto de cuatro residencias de veraneo de una especial importancia y conservadas en magnífico estado: La Bombonera, Casa Barbey, Torre Iris y la Casa Barraquer.

Nos detenemos un momento en el edificio de la primera esquina, Torre Iris. Su detallada fachada con dibujos geométricos en tonos verdes y amarillos lamentablemente ha perdido sus colores a través de los veranos. Aún así, y por su alta torre y gran balcón principal se trata junto con las otras tres torres de la manzana de la obra esencial del modernismo de La Garriga.
A su lado se sitúa La Bombonera. La fachada norte tiene una pequeña torre típicamente modernista cuyo alero y tejado están decorados con cerámica vitrificada. El tono dominante es el blanco y el beige a pesar de unos toques de colores situados en el reloj solar colocado en la fachada principal.
Siguiendo nuestro paseo, nos encontraremos con uno de los pocos edificios modernistas que cuentan con una fachada de piedra desnuda y que opta por la madera en vez del hierro forjado en sus cierres. Hablamos de la Casa Llorens, en el número 11, diseñada también por Raspall.
Se puede seguir bajando por el Passeig o girar por las callejuelas para buscar más edificios de este movimiento glorioso situados en diferentes rincones del pueblo. La cuestión no es ver lo máximo posible, sino tener los ojos bien abiertos para poder captar todas las pequeñas maravillas de nuestro entorno más directo. Y es que, ¿porqué visitar sólo las grandes obras típicas si uno puede encontrar la misma majestuosidad en lugares tan desconocidos como La Garriga?

Un pueblo señorial, rodeado de villas, misteriosos jardines y bosques encantados que parecen sacados de un cuento de hadas. Un enclave privilegiado para redescubrir el modernismo catalán.

Detalle modernista de una ventana

Detalle modernista de una ventana

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