Ecos del desierto – María Ibáñez

“Humillante y abusiva la intocable impunidad,

los huesos en el desierto cuentan la cruda verdad,

las muertas de Ciudad Juárez son vergüenza nacional.”

Los Tigres del Norte 

Lydia tenía trece años cuando unos tipos la agarraron en una gasolinera y la violaron. Era el México de los setenta y aquello no se denunciaba, se tapaba. Su familia lo vio como un hecho vergonzoso; su padre no la volvería a mirar a los ojos.

– Los hombres me dieron mi primera lección en la vida – me explica treinta años después en un tono distante.

Recuerdo el día en que la conocí. Era una tarde fría y gris de principios de verano y caía una lluvia fina que los mexicanos llaman mojapendejos. Habíamos quedado en una cafetería en la Colonia Condesa. Un barrio residencial de Ciudad de México. Allí, tenía que entrevistarla con motivo de la publicación de su último libro sobre corrupción y trata de blancas.

En aquél entonces, yo era una novata recién salida de la Facultad de Periodismo. Malvivía en la capital redactando noticias para una radio de tercera por las mañanas y sirviendo copas en un bareto de mala muerte por las noches. No obstante, soñaba con convertirme en una periodista intrépida, corresponsal de guerra. Y México era el sitio ideal para dar rienda suelta a mi imaginación. Lo que aún no sabía es que aquellos sueños pronto se volverían en mi contra.

– ¿Estarías dispuesta a dejarlo todo y venirte a trabajar conmigo a Ciudad Juárez? – me soltó de improviso en medio de nuestra conversación.

Sorbí un poco de té y acepté sin mediar palabra.

A la mañana siguiente partíamos rumbo al norte. Y fue en el largo trayecto donde empecé a ser consciente del arduo viaje que me aguardaba. Estaba sentada al lado de la periodista, escritora y activista mexicana más perseguida, odiada y amenazada de la república norteamericana.

Pero Lydia Cacho es una mujer valiente. Desde que la secuestraran y torturaran por denunciar públicamente a uno de los políticos más corruptos de México, líder de una trama de pornografía infantil, esta mujer vive en un perpetuo infierno.

– ¿No tienes miedo? – arguyo tras oír de viva voz su terrible historia vital.

– No. Decir la verdad me hace sentir segura. El haberme convertido en un símbolo de la lucha por los derechos de las mujeres y los niños hace que me sienta protegida – y después añadió –, yo sé que en mi voz llevo el eco de las palabras de aquellas mujeres que luchan para sembrar esperanza.

A Lydia se le amontonan las ideas en la cabeza. Me comenta que ahora mismo está trabajando con una serie de organizaciones que luchan por la negligencia en las investigaciones policiales, la misoginia y la violencia de Juárez.

Nuestro trabajo allí, consistirá en recopilar información sobre las actuaciones de la policía en casos de violencia de género.

– La muerta apareció en un descampado a las afueras de Ciudad Juárez. Vestía camiseta roja de manga corta y vaqueros desgastados por encima de los tobillos. Unos niños que jugaban por la zona la encontraron y en seguida avisaron a sus padres. La madre de uno de ellos llamó a la policía – anuncia el transmisor de la policía.

A Lydia y a mí nos pilló de casualidad en comisaría y al escucharlo, nos montamos rápidamente en el carro y nos dirigimos al lugar de los hechos.

Dos mujeres de negro lloraban a los pies del cuerpo. Poco después llegaron los federales. Se bajaron del coche fumando, y con ese aire de superioridad que les impone el uniforme nos miraron con desprecio.

– ¿La conocen? – nos preguntó el que tenía la pistola desenfundada.
– No señor, esta criatura no es de aquí – respondió una de las señoras de negro. Tras esto, las mujeres desaparecieron y los policías levantaron el cuerpo. Nunca más tuvimos noticias sobre la muerta de camiseta roja de manga corta y vaqueros desgastados por encima de los tobillos.

Acababa de presenciar mi primer cadáver. Mareada e indignada me acerqué a Lydia que ensimismada tomaba apuntes en su cuaderno.

–Esto no puede quedar así. ¡Es una injusticia! – exclamé entre lágrimas. Ella se giró, me miró fijamente a los ojos y sentenció:

–Mientras haya buen periodismo habrá vida.

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