Sueños – Beatriz Lizana

Lloré mucho cuando subí al avión. Se me mezclaban los sentimientos y no era capaz de reconocer qué me importaba más: ¿él o París? Qué más me daba ya si a cuarenta mil pies de altura no había marcha atrás. Me propuse no pensar en lo que dejaba en Málaga. No, me propuse no pensar. En nada. Me entretuve en observar por la ventana cómo aquellos puntos de luz se iban haciendo cada vez más pequeños. Intenté concentrarme en las conversaciones de mis vecinos gabachos. Pero, ¿cómo se puede dejar de pensar? Cerré los ojos para ocultar las lágrimas, que todavía me empapaban la cara, y dejar que el ritmo insoportable del francés me golpeara en los oídos.

Realmente yo no quería estudiar en Francia, a mí el francés me la traía al pairo. Yo quería estudiar en el Reino Unido –con él–, que para eso el inglés es el idioma más hablado del mundo, con permiso de los chinos. Aquel puñetero día del sorteo de destinos tuve que haber cogido el sobre de al lado, así me hubiera ido a Londres en su compañía y me hubiera ahorrado una despedida. ¿Qué se me había perdido a mí en París? Con lo estirados que son los franceses y lo mal que me caía Jacques Cousteau. La verdad, la culpa de esto último la tiene mi padre que se reservaba todas las tardes de todos los domingos de toda mi infancia para ver juntos aquellos videos de bichos subacuáticos. Lo acabé odiando.

Que qué se me había perdido a mí en París… Realmente me moría por ver la torre Eiffel. Y la pirámide del Louvre, y los Campos Elíseos, y el Sena. Ya sé, reviviría las rutas que mamá me describía con tanto entusiasmo aquellas largas noches de verano mientras jugábamos a contar estrellas. ¡Qué memoria! Era capaz de recordar el nombre de todas las calles del distrito donde vivió hacía más de veinte años. Me detallaba con tanta precisión los paisajes de la Francia de aquella época que cada vez que desempolvaba alguno de sus viejos discos duros para mostrarme una nueva fotografía yo sufría un déjà vu. No paraba de reír con sus ocurrencias, a ella le gustaba imaginarme caminando por solitarias calles parisinas, en color sepia y con Édith Piaf de fondo. Como en una postal viviente. Yo prefería visualizarme en bicicleta, por el empinado barrio de Montmartre y cantando a pleno pulmón, como en la película Amélie. El final de la escena era común: al final del camino, cerca del mirador del Sacre Coeur, me encontraría con mi otra mitad, como cuando mamá encontró a papá.

Mi otra mitad… mi otra mitad me la he dejado en Málaga aunque en unas horas habrá llegado a la que será su casa por un año. En Londres. Porque estudiará en la que se considera una de las mejores universidades del mundo. En inglés. Y tendrá la oportunidad de conocer otra de mis ciudades favoritas –sin mí–. Mientras, yo lucharé en la distancia por que mi paciencia se mantenga intacta y mis celos inalterados. En solitario.

El día que conocí a Álvaro yo no iba ni en bicicleta ni cantando. Tampoco sonaba música francesa de fondo y menos aún me estaba esperando con los brazos abiertos. De hecho fue un encuentro de lo más común, nos presentaron unos conocidos en una cafetería un sábado de cine matutino. Tras aquel primer café quisimos que vinieran muchos otros más, ya sin la compañía de nuestros amigos y con la felicidad de estar los dos solos. Él y yo. Como dos enamorados más.

–¿Desea algo para cenar el señor?– la voz de la azafata me volvió a la realidad de aquel avión. Recordé aquella historia de mamá en la que me contaba que ella tenía que pagar la comida una vez en la cabina si previamente quería tener acceso a un billete barato.

–No, gracias–. ¿Cómo podía tener hambre? Tenía un nudo en el estómago y lo único que me apetecía era seguir soñando.

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