Escapada de una metrópoli – Miriam Blasco

Lo bueno de un viaje a China

Nos miramos y nos sonreímos. Sabíamos que éste era nuestro lugar. El lugar donde íbamos a olvidar la tristeza de los últimos meses. Estábamos llenos de energía y alegría por lo que nos íbamos a encontrar en esta isla, a pesar del largo y duro viaje. Eran las siete de la mañana cuando en fin nos dejaron subir a la lancha, pusieron el motor en marcha y embarcamos desde el puerto hacia Perhentian Island.

Fue la primera isla que visité en mi viaje por Asia. Y el sitio del que tengo los mejores recuerdos, del que de hecho sólo recuerdo cosas buenas. Fue aquí dónde bebí mi primer Chang Beer, donde abrí y comí mi primer coco y donde descubrí el fondo del mar con toda su belleza.

Cabe añadir que los tres meses anteriores había estado en China. ¿Qué había malo de eso? Pues que estuve en Shanghai, dónde los edificios y las personas no paraban de aumentarse a tal dimensión que ya no había más espacio para otras cosas, como pueden ser árboles, césped,… naturaleza. Incluso el cielo y el agua del río habían olvidado que existían en este mar de rascacielos y se habían acumulado cambiando sus tonos originales de azul colorido por un gris monótono. Ya no difundían alegría sino que reflejaban la tristeza y frustración de las personas, y viceversa.

 Durante todo mi periodo en China no llegué a acostumbrarme a este constante gris que se acumulaba en todos los rincones de la ciudad. No terminé a echar de menos todo aquello que reducimos a un solo término pero que puede referirse a un sinfín de matices:el murmullo del mar, el canto de los pájaros; un horizonte amplio e interminable, el césped bajo tus pies, los colores en un largo jardín, la sal de las olas cuando el viento te lo sopla a la cara… Por todo eso y mucho más sentí añoranza. Añoraba la vida, añoraba sentirme viva.

 Por lo tanto me fui a buscarla. Dejé mi trabajo y mis amigos que me admiraban y envidiaban por dejar la tristeza de la ciudad, metí las pocas cosas que tenía en una mochila y pensé en la ruta. Primera parada: Malasia, y allí ya veía hasta dónde me llevaría – y llegaría – el ánimo y las ganas. Seguramente lejos, pero hasta dónde no lo sabía. Lo que sí sabía es que mi primer destino tenía que ser un sitio a la orilla del mar. Lo que no: que por suerte o por karma me iba a tocar la playa más bonita del planeta, donde peces de todos los tamaños y colores conviven con buceadores en un coral, donde las cabañas se esconden en un bosque de palmeras y donde se comen los mangos y piñas directamente del árbol.

Y aquí estaba yo. A las siete de la mañana en un barco de madera que saltaba con las olas del pacífico. El sol nos saludaba desde el cielo y los peces voladores nos señalaban el camino hacia la isla. Le miré a mi amigo, al que conocí sólo un día pero con el que iba a vivir momentos inolvidables en los próximos días.

— Isn’t it that the good life is the simple one? — Confirmó con su mirada.

Don’t follow your head just follow your heart. 

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