Dans le noir, una experiencia que te quitará la vista – Jorge Bonilla

Passeig de Picasso, Barcelona

El mundo de la gastronomía ofrece experiencias de todo tipo y para todos los gustos. En Francia nacieron las más elegantes y atractivas propuestas donde la cocina se volvió un arte y que hoy sigue evolucionando y llevando sus ideas a todo el mundo. El primero en revolucionar la cocina fue Marie-Antoine Caréme al combinar su trabajo y “hobbie” en la cocina con estudios de dibujo y arquitectura, que lo llevaron a hacer hermosas obras de arte comestibles y deliciosas. El tiempo ha pasado y luego han venido generaciones nuevas que han traído innovación y han transformando la cocina en experiencias de todo tipo. Un ejemplo es el restaurante Dans le Noir? en Barcelona, donde se puede vivir una cena a ciegas, potencializando los demás sentidos.

Un destino turístico como Barcelona, considerado uno de los 10 más visitados del mundo según Mastercard (2013), tiene cerca de 5.000 restaurantes y es visitado por más de ocho millones de personas al año, por lo que es de esperarse que la industria gastronómica ofrezca alternativas diferentes como Dans le Loir? que si bien nació en Francia hacia el año 2004, se ha convertido en un ícono de la ciudad española desde el año 2009, ofreciendo un concepto que puede ser tan interesante como intimidante. Se dice que desde el S.XIX los ciegos y sus familias se reunían a compartir momentos en lugares donde todos

pudieran estar en igualdad de condiciones,  en lugares oscuros y de poca vista, solo con fines solidarios entre ellos.

Cualquiera diría que es una experiencia normal pero solo es cuando se está allí que realmente se siente lo que significa no ver mientras se come. Hace un par de semanas fui a este restaurante y lo que al principio parecía una cena común y corriente, se convirtió en una de las experiencias sensoriales más fuertes de mi vida. Antes de llegar por la línea roja del metro, me bajé en “Arco del Triunfo” y caminé hacia el Parque de la Ciudadela, un paisaje realmente lindo, agradable y que curiosamente también une a Barcelona con Francia (se dice que hay una línea recta entre el Arco del Triunfo de París y Barcelona). Al caminar se ve gente disfrutando, haciendo deporte, tocando y haciendo música, rodeados de árboles. Luego de llegar a Passseig de Picasso con Passeig de Pujades, se llega a un lugar poco comercial, más bien solitario y escondido como muchos otros tesoros de Barcelona.

Al llegar, te ponen a esperar en el Lounge del Bar, donde te puedes tomar una copa o simplemente hablar con tus amigos o tu pareja antes de oír tu nombre. Ya cuando te llaman empieza la aventura que después de tanta espera, genera algo de ansiedad y hasta de nervios por desconocer lo que sucederá. Al entrar, todos en una fila, uno detrás de otro tomándose por el hombro con el de enfrente, nos dirigimos hacia el lado oscuro. Luego de pasar un pequeño corredor, se escuchan voces de personas hablando, riendo, pasando un rato agradable, pero no se ve absolutamente nada, ni un destello de luz. Al principio, luego de dejarse llevar por los meseros a la mesa indicada, me senté y esperé a que mi amiga estuviera frente a la mesa.

Una vez allí, empezamos a hablar de cualquier cosa pero luego fue inevitable pensar, ¿cómo nos van a encontrar ahora para darnos la comida?, ¿cómo nos van a traer el vino? Entonces Ruth nos llamó por el nombre, nos pidió que le acercáramos la mano y seguimos sus instrucciones. Ya teníamos el primer plato, el vino y los cubiertos. Brindamos y luego intentamos comer. Fue un silencio algo prolongado. La situación se volvió un poco desesperante. ¿Qué será lo que me van a dar? ¿Qué tal que no me guste? Yo tenía mil preguntas que inconscientemente nos respondemos con los ojos cuando comemos todos los días. A mí no me gusta la remolacha, ni tampoco el brócoli y hay una que otra preparación de carnes que tampoco me agradan mucho. Entonces tomé mis cubiertos en las manos y decidí probar. ¡Qué más da! pensé. Pero ahí fue mayor el desespero cuando no podía ni entender dónde estaban las cosas, picaba y picaba y no lograba llegar a la comida, al final lo logré y probé. Estaba rico, era como una torta de verduras, algo como un quiche.

Nos empezamos a reír por el rato estresante que estábamos pasando y nos relajamos con el vino, decidimos comer con las manos porque era mucho más fácil y todo se volvió diferente. Ya no teníamos más prejuicios, la empezamos a pasar bien y cada vez que llegaba Ruth con la comida, con esa voz dulce decía nuestros nombres y le dábamos la mano, una y otra vez. Su mano era fuerte, gruesa, pero su trato sensible, amable y reía cada vez que llegaba, se sentía. Se volvió una experiencia sensorial y social. La comida no tenía mucha salsa (solo la justa), no tenía grasa, no era molesto comer con las manos. Empecé a sentir mucho más, estaba disfrutando todo, valorando el hecho de tener sanos los ojos y poder ver los colores al llegar, los árboles, el color del Arco del Triunfo, las sonrisas de la gente. Me sentí mal por haberme estresado con solo cinco minutos de estar con los ojos cerrados. Pensé que en la vida nos dejamos molestar por cosas insignificantes y nos hacemos víctimas de lo difícil que es la vida, encontramos cualquier excusa para no luchar y lograr nuestras metas. Somos desagradecidos pensé.

Después de cuatro copas de vino (una era cava) y cuatro platos diferentes que incluía el menú que habíamos ordenado (incluyendo el postre), salimos nuevamente tomados de los hombros pero con una sonrisa de oreja a oreja. Empezamos a hablar entre todos y de lo asombroso de la experiencia. Nos reunieron en el bar y nos mostraron en un computador, los diferentes platos que habíamos comido. Nos preguntaron sobre los vinos y si éramos capaces de distinguir entre uno y otro (90% de las personas no distinguen entre un vino blanco y uno tinto o rosado), yo afortunadamente y sabiendo que soy aficionado a los vinos, entré dentro del 10% que lo logra. Al final pedí hablar con nuestra mesera porque quería intercambiar algunas palabras con ella y agradecerle su excelente atención.

Ruth es una mujer alegre y agradecida con la vida, que ha sabido luchar contra viento y marea, rescatada por una ONG en su país en África, donde era víctima de la violencia y luego de haber quedado ciega por una enfermedad, llegó a Barcelona donde hoy vive con su esposo, también ciego, con el que tiene un hijo. Ella todos los días aprovecha para reírse de su ceguera, lo ve como una anécdota, como algo que ha tenido que vivir pero que no tiene por qué afectar su felicidad. Eso me sorprendió aún más. La energía que ella transmite no tiene un milímetro de tristeza o de rencor, la alegría brota por sus poros. Es un gran ejemplo de vida y sobre todo,  invita a una reflexión.

Cada día le agradezco a la vida por lo que me ha dejado vivir, por conocer la gente que conozco, por mi familia y mis amigos y por permitirme ser feliz y transmitirle algo de mi alegría a otros. Ahora, después de unos días de visitar este lugar, solo me queda recomendarlo como una experiencia gastronómica pero sobre todo, sensorial, social, de reflexión que sin duda, jamás se olvidará.  Los grandes como Caréme o Escoffier, estarían sorprendidos por el concepto innovador y por dejar a un lado uno de los sentidos que ellos tanto resaltaban como era el de la vista, para incrementar los demás. Una vez más, Francia y su cocina sorprenden. Dans le Noir? es un gran restaurante, con excelente comida, inmejorable atención y buen vino. Para Barcelona, una ciudad mil miradas, nada mejor que una mirada a donde no se pueda ver. Una experiencia que te quitará la vista pero te mejorará la visión.

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