Aquellos gloriosos años – María Ibáñez

Viaje al mundo arRavalero

Amelia vive en Barcelona desde hace más de 30 años. Llegó al Raval para realizar su viejo sueño de convertirse en actriz de teatro. Acabó demasiado pronto. Ahora vive en el recuerdo de un pasado glorioso alejado de su actual realidad. Sólo la compañía de un raído álbum de fotografías la devuelven a su época dorada en México.

Amelia en su casa de la calle Tallers disfrazada, Barcelona

Amelia en su casa de la calle Tallers disfrazada, Barcelona

A pocas calles de su casa, en pleno centro del “antiguo barrio chino”, una camuflada tasca gallega esconde un portal temporal que nos transporta a la castiza gloria coplera de los sesenta. Octogenarios amantes de la copla se reúnen una vez a la semana para celebrar su pasión musical. Amelia es la estrella. “Mi meta era venir a Europa a cumplir mi sueño”. “Comencé a trabajar en teatro en 1952, en México, a escondidas porque mi familia lo desaprobaba”, con el tiempo se convertiría en una actriz de renombre. Una estrella de las radionovelas. Una voz que a través del radioteatro invitaba a los radioyentes a soñar y viajar con ella.

Amelia formó parte de numerosos elencos, actuó en televisión, películas y cortometrajes latinoamericanos y trabajó en destacadas obras de la época como “Esos que dicen amarse”, “El derecho de nacer” y “Por las calles de Pompeya”.  Quizás por eso, por su ajetreada agenda nunca llegó a tener hijos, aunque cada vez que la visito en su casa barcelonesa me prepare un té con tostadas y manteca.

El Raval está cambiando” me comenta con voz tajante en una de mis visitas. Es un lugar maldito, idealizado y contradictorio. Sus típicos callejones empedrados y estrechos, que le daban al barrio un aire laberíntico, están siendo reemplazados por calles anchas de cemento donde se erigen edificios nuevos y modernos que capturan la atención del viandante. Atrás quedaron los días del sucio y peligroso “barrio chino” por el que sólo se atrevían a pasear los inmigrantes. Ahora, además de sus habitantes de siempre, las calles del barrio se han visto tomadas por extranjeros, gente joven y estudiantes, que encuentran en el Raval, el lugar perfecto para saciar sus deseos culturales, gastronómicos u ociosos.

collage raval

“Cuando yo llegué a Barcelona, el Raval era el corazón de una ciudad que paseaba entre el elitismo del Liceu y el populismo de El Molino, y sus calles principales eran las más elegantes y comerciales de Cataluña”. Sin embargo, en este barrio nacido cerca del mar, en los extramuros medievales, se hallaban los hospitales de infecciosos, las casas de caridad, asilos, conventos, tabernas, además de la primera universidad o los primeros burdeles fuera de la ley que regía en la ciudad amurallada. 

Una vez derribada la murralla, y creada la Rambla, el Raval se convirtió en el centro de la ciudad. Aún así, su leyenda negra lo perseguiría varios centenarios llegando a ser conocido a principios del siglo XX como la Sodoma y Gomorra de Europa. Y es que, en sus callejuelas más recónditas se concentraban los locales dedicados al juego, los conocidos lupanares (prostíbulos) o los meublés (hostales donde se alquilaban habitaciones por horas para que las meretrices pudieran mantener relaciones sexuales) 

“Recuerdo un lupanar en concreto, el Magarit, la gente contaba que la clientela escogía a las mujeres mediante un álbum fotográfico, hasta que cerró porque un cliente descubrió en él a su esposa y la emprendió a puñaladas con la infeliz señora.”

Amelia junto a Negro, su fiel compañero

Amelia junto a Negro, su fiel compañero

Eran tiempos donde el premio Nobel François Mauriac comentaba al escritor barcelonés Néstor Luján: ¡Barcelona, qué gran burdel!

Pero no sólo era un lugar de lujuria, en el barrio chino también afloraron los cabarets. “Hubo vedettes que hicieron soñar a toda una generación, como Carmen de Lirio” rememora Amelia un poco envidiosa de la artista española. “Una dama de ojos verdes e inaudita belleza que se disputaban futbolistas y gobernadores de la época.” 

Le preguntó por el amor y ella me sonríe maquiavélicamente. “Tuve muchos amigos pero mi único amor siempre ha sido y será Negro.”  Su perro. 

A partir de ese momento algo cambia en su comportamiento. Puede que sea la nostalgia o el cansancio, pero las historias se amontonan en su cabeza y aunque intenta poner orden en las fechas, amistades y lugares de su edad adulta en una ciudad como Barcelona, al final se hace un lío y desiste contar más.

Es ahí, donde me acompaña hasta su dormitorio para mostrarme sus joyas más secretas. Pelucas, plumas y lentejuelas que un día vistieron de gala su menudo cuerpo. Amelia se pinta los labios, se engalana para un público invisible, pasado. Con sus 80 años a cuestas, la diva que fue – y aún es-, me mira fijamente a los ojos. Parecería que sus ojos brillantes se acercasen al llanto, pero no, me invita a hablar de teatro, a viajar, a vivir y a seguir soñando.

El dramatismo correría por mi cuenta.

Amelia en su casa del barrio del Raval

Amelia en su casa del barrio del Raval

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